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Cuando éramos niños nuestros padres nos educaron con esfuerzo, dedicación, cuidado, esmero revisando que todas las tareas escolares estén correctamente realizadas, sin tachones, limpio, en orden y listas para el día siguiente.

Había el caso de compañeros que sus padres no pasaban en casa, o si sus padres estaban no se preocupaban de que los deberes estuvieran bien hechos, solamente se interesaban de que sus hijos no faltaran a clase porque en clase, aprenderían a hacer bien las cosas.

En el primer ejemplo vemos a un padre entregado en energía mental, física para que el niño obtenga una muy buena calificación en sus materias, en el segundo, a uno que no aplica la energía de pensar o levantarse a ver lo que su hijo realiza porque él piensa, que su hijo está haciendo las cosas que ya le han enseñado en clase.

La RAE define al esfuerzo como el empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades. También lo define como “auxilio” (ayuda, socorro).

En su etimología esfuerzo, proviene del prefijo es (ex – hacia afuera) y del sufijo forzar (acción y efecto), éste último del latín clásico fortis (fuerte, vigoroso, valiente).

Como vimos en los ejemplos anteriores, algunas veces se educa con responsabilidad, motivación y esfuerzo, en algunos otros casos, educar sin responsabilidad, con apatía y egoísmo.

El esfuerzo es un valor, una virtud y cualidad valorada en las sociedades.

Animus hominis, quicquid sibi imperat, obtinet “El ánimo del hombre puede obtener cualquier cosa que se imponga”.

Dimidium facti qui coepit, habet "Quien ha comenzado, ya ha hecho la mitad".

 

Finalmente, se requiere del esfuerzo, de una fuerza interior y activa para obtener lo que se anhela, porque ni el perezoso, o el cobarde hablarán de conquistar o vencer.